Cirugía y Testigos de Jehová: Entre la Fe, la Ética y la Confianza
- Ramón Rodríguez Morales

- 20 jul
- 2 min de lectura
Como cirujano y hombre de fe, reconozco que la espiritualidad es un factor poderoso a la hora de enfrentar una enfermedad compleja. El respeto a las creencias de los demás es fundamental en la convivencia y, por supuesto, en la relación médico-paciente. Sin embargo, en el ámbito quirúrgico, la postura de los Testigos de Jehová respecto a la negativa absoluta de recibir sangre o sus derivados plantea dilemas éticos, técnicos y humanos profundos.

Sin entrar en discusiones teológicas sobre las interpretaciones bíblicas, la realidad clínica es clara: la transfusión de concentrado globular es un recurso indispensable ante pérdidas masivas de sangre o niveles de hemoglobina incompatibles con la vida. La mayoría de los cirujanos no transfundimos de forma preventiva; trabajamos con márgenes de seguridad exigidos por el equipo de anestesiología. Pero cuando nos enfrentamos a cirugías mayores —especialmente en oncología— o a emergencias imprevistas, la limitación de no disponer de sangre condiciona cada decisión en el quirófano.
Aprendí a abordar esta situación desde mis años de formación en el Hospital Padre Machado de Caracas. Acompañé a mi maestro, el Dr. Fernando Rodríguez Montalvo, en una gastrectomía radical a una paciente Testigo de Jehová. Su hemoglobina descendió a niveles críticos postoperatorios, pero él respetó en todo momento su decisión moral. La paciente evolucionó bien y fue dada de alta. Aquella lección me demostró el compromiso ético que exige asumir un caso bajo estas condiciones, sabiendo que el margen de error se reduce al mínimo.

Mi conducta siempre ha sido la de respetar la decisión del paciente. Para operar dentro de estos límites, recurrimos a expansores de volumen (coloides), manejo intensivo de líquidos y fármacos que apoyan al sistema circulatorio. Sin embargo, este camino no está exento de tensiones:
Tensión en el equipo médico: No todos los profesionales se sienten cómodos operando sin la red de seguridad que representa la transfusión, lo que genera debates éticos dentro del propio grupo quirúrgico.
Resguardo ético y legal: Exigimos un consentimiento informado detallado y un documento notariado donde el paciente ratifica su postura de manera consciente, protegiendo la autonomía de su decisión y la tranquilidad de nuestra conciencia médica.
El verdadero desafío aparece cuando surgen complicaciones inherentes a cualquier cirugía: hemorragias, infecciones o fallas en la oxigenación de los tejidos. En esos momentos de crisis, suele resquebrajarse la comprensión. Algunos familiares expresan dudas sobre la técnica o el manejo médico, desestimando el esfuerzo extraordinario que el equipo realiza para intervenir bajo sus propios preceptos religiosos.
Por estas complicaciones y el riesgo de conflictos legales, muchos cirujanos prefieren no tratar a pacientes de esta religión. Aunque la solución ideal sería contar con centros e infraestructura especializada para ellos, en nuestro medio no es una realidad. Los practicantes de esta fe se enferman como cualquier otra persona y necesitan atención quirúrgica y oncológica.

Al final, este dilema no se resuelve solo en los libros de derecho o de medicina; se
resuelve en la confianza. Cuando un paciente confía su vida a un cirujano y este acepta operarle respetando sus principios, se firma un pacto de buena fe. Como médicos, nos corresponde actuar con la máxima solvencia ética y técnica, respetando sus creencias y esperando que, ante la adversidad, prevalezca la comprensión y el respeto mutuo.



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